Carta abierta a los medios de comunicación

 CUMPLIR CON EL PEDIDO DE UN PERIODISTA ARREPENTIDO.

MEA CULPA Y REQUISITORIA DE UN SUICIDA: EL PERIODISTA MIGUEL ANGEL QUEVEDO

Junio - julio de 1970 - Esta dramática epístola, escrita como testamento político en la antesala de la Muerte, es al mismo tiempo que una confesión de culpabilidad, una requisitoria contra todos los que contribuyeron a la gran farsa de la revolución cubana y a crear el mito de Fidel Castro Ruiz, para entregar la infortunada Isla Prisionera a las garras sangrientas del comunismo internacional. Propietario y director de la popular revista “Bohemia” de La Habana, Miguel Ángel Quevedo fue uno de los principales responsables de la situación creada en su patria con la dictadura roja. Arrepentido, tardíamente, cuando Cuba se encontraba convertida ya en colonia soviética, Quevedo tuvo el gesto de apelar al suicidio como un testimonio de protesta contra la tiranía. Esta carta, fue publicada el 14 del presente mes en el periódico ¡ALERTA! de Guatemala. La reproducimos como una clarinada contra el peligro que amenaza a todos los países del Hemisferio, haciendo nuestras las palabras con que la presentó el colega guatemalteco: “Debe ser leída. y, sobre todo, muy meditada por periodistas, políticos, pollos ricos, y abstencionistas, por los Estados Unidos de Norteamérica, por los militares, por los hombres, por las mujeres y aun por los niños”.

Sr. Ernesto Montaner
Miami,Florida

Caracas, 12 de agosto de 1969

Querido Ernesto:

Cuando recibas esta carta, ya te habrás enterado por la radio de La noticia de mi muerte. Ya me habré suicidado —¡al fin!— sin que nadie pudiera impedírmelo, como me i0 impidieron tú y Agustín Alles el 21 de Enero de 1965. ¿Te acuerdas? Ese día entraste en mi despacho a entregarme un artículo tuyo. Conversamos un rato. Pero ¡notaste que yo estaba ausente del diálogo. Me viste preocupado, triste, muy triste y profundamente abrumado. Y me lo dijiste. Pensé en mi hermana Rosita, a quien adoro y se me llenaron de lágrimas los ojos y te dije algo que no debía haberte dicho- Me alcanzaste un Algo que no debía haberte dicho. Te confesé que en el momento mismo en que llegaste a mi despacho, estaba pensando en darme un tiro en la cabeza. Y hasta te dije que mi única preocupación era que Rosita me viera tirado en el suelo sobre un charco de sangre. No quería dejarle esa última imagen, habiendo decidido —y también te lo confesé— suicidarme acostado en el sofá para que, al verme, tuviese la impresión de que dormía.

Recuerdo la expresión de .pena y asombro que había en tu cara. Te levantaste. Fuiste a mi escritorio y le quitaste las balas al revólver. Y allí, sentado en la silla del escritorio me dijiste; “Estás loco, Miguel, estás loco”. Me hablaste de Dios. De la perdición eterna de mi espíritu. De la brevedad de la vida. De la falta que yo le haría a Rosita, dejándola sola en el mundo. Me hablaste de veinte cosas. Y viendo que me resbalaban, me amenazaste con llamar a Rosita y a todos los empleados de “Bohemia”, para enterarlos, te supliqué que no lo hicieras. Comprendí la responsabilidad que mi confesión te había echado encima. Y te juré por la vida de Rosita que no lo haría.

Convencido de que me habías desviado del prepósito —al menos, por el memento—, saliste de mi despacho. Te encontraste a la salida con Agustín Alles y se lo contaste. Y tú y Agustín se fueron a ver al doctor Esteban Valdés Castillo. Me llamaron de la casa de Valdés Castillo y me pusieron al habla con él. Un gran médico, de excepcional talento. Quiso verme con urgencia, pero no nos vimos. Lo que hicimos fue hablar mucho por teléfono. Cuando no me llamaba él a mí, lo llamaba yo a él. Pero hablábamos todos los días. Con quien jamás volví a hablar fue contigo. Perdóname, perdóname, pero pensé que había dicho a ti amistosamente, en un momento de flaquezas. Y no volvimos a tener comunicación hasta hoy, en que ni tú, ni Agustín Alles, ni Valdés Castillo, ni nadie me habrá impedido llevar a vías de hecho mi determinación. Estás, pues, leyendo la carta de un viejo amigo, muerto. Valdés Castillo tenía razón cuando afirmaba que la idea del suicidio pasa por la mente del paciente en forma de círculos, que cada vez se van reduciendo hasta convertir en un punto. Mi punto llegó.

Sé que después de muerto llevarán sobre mi tumba montañas de inculpaciones. Que querrán presentarme como «el único culpable» de la desgracia de Cuba. Y no niego mis errores ni mi culpabilidad; lo que sí niego es que fuera «el único culpable». Culpables fuimos todos, en mayor o menor grado de responsabilidad.

Culpables fuimos todos. Los periodistas que llenaban mi mesa de artículos demoledores, arremetiendo contra todos los gobernantes. Buscadores de aplausos que, por satisfacer el morbo infecundo y brutal de la multitud, por sentirse halagados por la aprobación de la plebe, vestían el odioso uniforme que no se quitaban nunca. No importa quien fuera el presidente. Ni las cosas buenas que estuviese realizando a favor de Cuba. Había que atacarlos, y había que destruirlos. El mismo pueblo que los elegía, pedía a gritos sus cabezas en la plaza pública. El pueblo también fue culpable. El pueblo que quería a Guiteras. El pueblo que quería a Chibás. El pueblo que aplaudía a Pardo Llado. El pueblo que compraba Bohemia, porque Bohemia era vocero de ese pueblo. El pueblo que acompañó a Fidel desde Oriente hasta el campamento de Columbia.

Fidel no es más que el resultado del estallido de la demagogia y de la insensatez. Todos contribuimos a crearlo. Y todos, por resentidos, por demagogos, por estúpidos o por malvados, somos culpables de que llegara al poder. Los periodistas que conociendo la hoja de Fidel, su participación en el Bogotazo Comunista, el asesinato de Manolo Castro y su conducta gansteril en la Universidad de la Habana, pedíamos una amnistía para él y sus cómplices en el asalto al Cuartel Moncada, cuando se encontraba en prisión.

Fue culpable el Congreso que aprobó la Ley de Amnistía (la cual sacó a Castro de la prisión tras el ataque al Cuartel Moncada). Los comentaristas de radio y televisión que la colmaron de elogios. Y la chusma que la aplaudió delirantemente en las graderías del Congreso de la República.

“Bohemia” no era más que un eco de la calle. Aquella calle contaminada por el odio que aplaudió a “Bohemia” cuando inventó «los veinte mil muertos». Invención diabólica del dipsómano Enriquito de la Osa, que sabía que “Bohemia” era un eco de la calle, pero que también la calle se hacía eco de lo que publicaba “Bohemia”.

Fueron culpables los millonarios que llenaron de dinero a Fidel para que derribara al régimen. Los miles de traidores que se vendieron al barbudo criminal. Y los que se ocuparon más del contrabando y del robo que de las acciones de la Sierra Maestra. Fueron culpables los curas de sotanas rojas que mandaban a los jóvenes para la Sierra a servir a Castro y sus guerrilleros. Y el clero, oficialmente, que respaldaba a la revolución comunista con aquellas pastorales encendidas, conminando al Gobierno a entregar el poder.

Fue culpable Estados Unidos de América, que incautó las armas destinadas a las fuerzas armadas de Cuba en su lucha contra los guerrilleros.

Y fue culpable el State Department, que respaldó la conjura internacional dirigida por los comunistas para adueñarse de Cuba.

Fueron culpables el Gobierno y su oposición, cuando el diálogo cívico, por no ceder y llegar a un acuerdo decoroso, pacífico y patriótico. Los infiltrados por Fidel en aquella gestión para sabotearla y hacerla fracasar como lo hicieron.

Fueron culpables los políticos abstencionistas, que cerraron las puertas a todos los cambios electoralistas. Y los periódicos que como “Bohemia”, les hicieron el juego a los abstencionistas, negándose a publicar nada relacionado con aquellas elecciones.

Todos fuimos culpables. Todos. Por acción u omisión. Viejos y jóvenes. Ricos y pobres. Blancos y negros. Honrados y ladrones. Virtuosos y pecadores. Claro, que nos faltaba por aprender la lección increíble y amarga: que los más «virtuosos» y los más «honrados» eran los pobres.

Muero asqueado. Solo. Proscrito. Desterrado. Y traicionado y abandonado por amigos a quienes brindé generosamente mi apoyo moral y económico en días muy difíciles. Como Rómulo Betancourt, Figueres, Muñoz Marín. Los titanes de esa «Izquierda Democrática» que tan poco tiene de «democrática» y tanto de «izquierda». Todos deshumanizados y fríos me abandonaron en la caída. Cuando se convencieron de que yo era anticomunista, me demostraron que ellos eran antiquevedistas. Son los presuntos fundadores del Tercer Mundo. El mundo de Mao Tse Tung.

Ojalá mi muerte sea fecunda. Y obligue a la meditación. Para que los que queden aprendan la lección. Y los periódicos y los periodistas no vuelvan a decir jamás lo que las turbas incultas y desenfrenadas quieran que ellos digan. Para que la prensa no sea más un eco de la calle, sino un faro de orientación para esa propia calle. Para que los millonarios no den más sus dineros a quienes después los despojan de todo. Para que los anunciantes no llenen de poderío con sus anuncios a publicaciones tendenciosas, sembradoras de odio y de infamia, capaces de destruir hasta la integridad física y moral de una nación, o de un destierro. Y para que el pueblo recapacite y repudie esos voceros de odio, cuyas frutas hemos visto que no podían ser más amargas.

Fuimos un pueblo cegado por el odio. Y todos éramos víctimas de esa ceguera. Nuestros pecados pesaron más que nuestras virtudes. Nos olvidamos de Núñez de Arce cuando dijo:

“Cuando un pueblo olvida sus virtudes, lleva en sus propios vicios su tirano…”.

Adiós. Éste es mi último adiós. Y dile a todos mis compatriotas que yo perdono con los brazos en cruz sobre mi pecho, para que me perdonen todo el mal que he hecho.

Miguel Ángel Quevedo 

(“EI Sol de México”) Miguel A. Quevedo

Extraído de la Revista "La Tradición" Nº 100/101: pgs 22, 23 y 24 y 102, Publicada, dirigida y escrita por el Rev. Padre Hervé Le Lay- Salta- Rep. Argentina.

La carta publicada en La Tradición:


El clero era el guerrillero, los cofundadores del Tercer Mundo, y de la Secta actual del Vaticano. El mensaje final del ARREPENTIDO es el mejor llamado a la cordura que se pueda destinar a los que aún SE VENDEN A LOS MILLONES DE LA ELITE; TRAIDORES A LA PATRIA .
Afirma Quevedo: "Muero asqueado, solo, proscrito y desterrado. (...) Ojalá mi muerte sea fecunda. Y obligue a la meditación. Para que los que queden aprendan la lección. Y los periódicos y los periodistas no vuelvan a decir jamás lo que las turbas incultas y desenfrenadas quieran que ellos digan. Para que la prensa no sea más un eco de la calle, sino un faro de orientación para esa propia calle. Para que los millonarios no den más sus dineros a quienes después los despojan de todo. Para que los anunciantes no llenen de poderío con sus anuncios a publicaciones tendenciosas, sembradoras de odio y de infamia, capaces de destruir hasta la integridad física y moral de una nación, o de un destierro. Y para que el pueblo recapacite y repudie esos voceros de odio, cuyas frutas hemos visto que no podían ser más amargas."

 Ejemplos del doble discurso de los "comunicadores".

Durante las noticias del asesinato de Fernando. Una de las presentadoras se manifestó 
horrorizada ante ese crimen bestial, "podría haber sido un hijo"; "estaba desolada"; pero en esos días lució esta remeras con símbolo de la muerte. Es decir hablar para la derecha y actuar para la izquierda.


MERCENARIOS DE LA Cultura de la Muerte

                                              





OTRO ARREPENTIDO 

Texto completo de la carta abierta del Dr. Bernard Nathanson (1992):

“Soy responsable directo de 75.000 abortos, lo que me empuja a dirigirme al público poseyendo credibilidad sobre la materia.
   Fui uno de los fundadores de la Asociación Nacional para Revocar las Leyes sobre el Aborto en los Estados Unidos, en 1968. Entonces una encuesta veraz hubiera establecido el hecho de que la mayoría de los norteamericanos estaban en contra de leyes permisivas sobre el aborto. No obstante, a los 5 años conseguimos que la Corte Suprema legalizara el aborto, en 1973. ¿Como lo conseguimos? Es importante conocer las tácticas que utilizamos, pues con pequeñas diferencias se repitieron con éxito en el mundo Occidental.
    Nuestro primer gran logro fue hacernos con los medios de comunicación; les convencimos de que la causa proaborto favorecía un avanzado liberalismo y sabiendo que en encuestas veraces seríamos derrotados, amañamos los resultados con encuestas inventadas y las publicamos en los medios; según ellas el 60% de los norteamericanos era favorable a la implantación de leyes permisivas de aborto. Fue la táctica de exaltar la propia mentira y así conseguimos un apoyo suficiente, basado en números falsos sobre los abortos ilegales que se producían anualmente en USA. Esta cifra era de 100.000 (cien mil) aproximadamente, pero la que reiteradamente dimos a los medios de comunicación fue de 1.000.000 (un millón). Y una mentira lo suficientemente reiterada, la opinión pública la hace verdad.
   El número de mujeres que morían anualmente por abortos ilegales oscilaba entre 200 y 250, pero la cifra que continuamente repetían los medios era 10.000 (diez mil), y a pesar de su falsedad fue admitida por muchos norteamericanas convenciéndoles de la necesidad de cambiar las leyes sobre el aborto.
   Otro mito que extendimos entre el público, es que el cambio de las leyes solamente implicaría que los abortos que se practicaban ilegalmente, pasarían a ser legales. Pero la verdad es que actualmente, el aborto es el principal medio para controlar la natalidad en USA. Y el número de anual de abortos se ha incrementado en un 1500%, 15 veces más.
   La segunda táctica fundamental fue jugar la carta del anticatolicismo.
    Vilipendiamos sistemáticamente a la Iglesia Católica, calificando sus ideas sociales de retrógradas; y atribuimos a sus Jerarquías el papel del "malvado" principal entre los opositores al aborto permisivo. Lo resaltamos incesantemente. Los medios reiteraban que la oposición al aborto procedía de dichas Jerarquías, no del pueblo católico; y una vez más, falsas encuestas "probaban" reiteradamente que la mayoría de los católicos deseaban la reforma de las leyes antiaborto. Y los tambores de los medios persuadieron al pueblo americano de que cualquier oposición al aborto tenía su origen en la Jerarquía Católica y que los católicos proaborto eran los inteligentes y progresistas. El hecho de que grupos cristianos no católicos, y aún ateos, se declarasen pro-vida, fue constantemente silenciado.
   La tercera táctica fundamental fue denigrar o ignorar, cualquier evidencia científica de que la vida comienza con la concepción.
  Frecuentemente me preguntan que es lo que me hizo cambiar. ¿Cómo pasé de ser un destacado abortista a un abogado pro-vida? En 1973 llegué a ser Director de Obstetricia en un gran Hospital de la ciudad de Nueva York, y tuve que iniciar una unidad de investigación perinatal; era el comienzo de una nueva tecnología que ahora utilizamos diariamente para estudiar el feto en el útero materno. Un típico argumento pro aborto es aducir la imposibilidad de definir cuando comienza el principio de la vida, afirmando que ello es un problema teológico o filosófico, no científico.
  Pero la fetología demuestra la evidencia de que la vida comienza en la concepción y requiere toda la protección de que gozamos cualquiera de nosotros.
  Ud. podría preguntar: ¿Entonces, por qué algunos doctores, conocedores de la fetología, se desacreditan practicando abortos?
  Cuestión de aritmética: a 300 dólares cada uno, un millón quinientos cincuenta mil (1.550.000) abortos en los Estados Unidos, implican una industria que produce 500 millones de dólares anualmente. De los cuales, la mayor parte van a los bolsillos de los doctores que practican el aborto.
  Es un hecho claro que el aborto voluntario es una premeditada destrucción de vidas humanas. Es un acto de mortífera violencia. Debe de reconocerse que un embarazo inesperado plantea graves y difíciles problemas. Pero acudir para solucionarlo a un deliberado acto de destrucción supone podar la capacidad de recursos de los seres humanos; y, en el orden social, subordinar el bien público a una respuesta utilitarista.
    Como científico no creo, yo sé y conozco que la vida humana comienza en la concepción. Y aunque no soy de una religión determinada (*) creo con todo mi corazón que existe una divinidad que nos ordena finalizar para siempre este infinitamente triste y vergonzoso crimen contra la humanidad”.

(*) Nota de Javier: 4 años después, en 1996, Bernard Nathanson se bautizó en la Iglesia Católica. El Dr. Nathanson falleció el 21 de febrero de 2011.

RESALTO DOS PÁRRAFOS DE SU CARTA:

Otra de las tácticas consistía en denigrar o ignorar cualquier evidencia científica de que la vida comienza con la concepción. "Un típico argumento pro aborto –afirma– es alegar la imposibilidad de definir cuándo comienza el principio de la vida, un modo de insinuar que se trata de un problema teológico o filosófico, no científico."

La objeción más dura del documento, sin embargo, tiene que ver con la ética médica. ¿Qué sentido tiene que un ginecólogo, que sabe que la vida comienza en la concepción, arriesgue su prestigio y rompa su juramento haciendo un aborto? La respuesta de Nathanson es contundente: dinero. Explica que, en los Estados Unidos, "la industria del aborto" (son sus palabras) mueve cientos de millones de dólares al año y la mayor parte va a los bolsillos de quienes lo practican.

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